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“Bill Gates dijo hace unos días que el mundo sólo tiene capacidad para almacenar unos 10 minutos de su consumo energético”, recordaba en la presentación Peter Sweatman, director ejecutivo de la consultora UK Climate Strategy, que ayer hizo de maestro de ceremonias en una jornada que sirvió para actualizar lo que investigadores y empresas están haciendo para hacer realidad el almacenamiento de energía. Un asunto que exigió entrar a veces en temas sumamente técnicos.
Y no sólo técnicos. Junto al trabajo científico y el desarrollo tecnológico surgen dudas normativas. ¿Quién va a hacer el almacenamiento? ¿Quién lo puede explotar? ¿Cómo se va a retribuir? Porque los modelos de negocio serían distintos para los almacenamientos centralizados y los distribuidos, por ejemplo. Vamos, que si la cuestión es complicada desde la perspectiva técnica no lo es menos desde la regulación.
Hablar de almacenamiento es hablar de los mix energéticos más adecuados en cada país, es hablar de redes inteligentes que permitan conectar oferta y demanda. Según Jeff Hardy, del UK Energy Research Centre, el Reino Unido, por ejemplo, “va hacia un mix energético con muchas renovables, eólica sobre todo, nuclear y carbón con almacenamiento de CO2, pero es imprescindible asegurar un buen nivel de interacción oferta y demanda”.
Ignacio Cruz, del Departamento de Energía Eólica del CIEMAT, también cree que “los pasos en favor del almacenamiento serán vitales porque las energías renovables siguen creciendo en todo el mundo”. En este sentido, en el CIEMAT desarrollan distintos proyectos de investigación. Pensando en plazos cortos, apenas minutos, se trabaja con volantes de inercia avanzados y supercondensadores. “Para plazos medios, de horas, hay que hablar de sistemas de bombeo, baterías Redox, sistemas de aire comprimido o hidrógeno… Para todos se requieren redes inteligentes que consorcien producción, almacenamiento y demanda”.
Para David Hodgson, investigador especialista en energía del UK Trade & Investment, “las redes inteligentes van a multiplicar los centros de generación y hacerlos más pequeños”. A juzgar por Hodgson, el almacenamiento en forma de aire comprimido encerrado en viejas minas de carbón es una tecnología a la que le queda mucho recorrido. Otro científico británico, Peter Hall, ingeniero químico de la Universidad de Strathclyde, se encargó de recordar que “ya tenemos una enorme capacidad de almacenamiento de energía. Todos los estados de la UE tienen que almacenar el consumo equivalente a 90 días, así que, en una economía basada en renovables, vamos a tener que acercarnos a esos niveles”.
Hall confesó que su sitio web preferido es el de Red Eléctrica de España (REE) y su información sobre producción eólica. Y habló sobre sus trabajos con baterías, sobre todo las de litio, “las únicas que pueden ajustarse a las necesidades del transporte. Hasta ahora hemos fabricado baterías que funcionan pero necesitamos hacer esfuerzos masivos, colectivos, de toda Europa, para conseguir desarrollar sistemas enormes de almacenamiento”.
Ejemplos prácticos Más allá de lo conseguido en el laboratorio, la jornada sirvió para hablar de lo que algunas empresas están haciendo ya al respecto. Milagros Rey, del parque de Sotavento, propiedad de Gas Natural–Unión Fenosa, presentó el sistema de almacenamiento de energía eólica con hidrógeno que funciona en este parque gallego desde hace algunos años. El hidrógeno se vuelve a transformar en electricidad en horas punta, mediante un motor de combustión –“nos hubiera gustado contar con una pila de combustible pero cuando se puso en marcha el proyecto fue imposible encontrarla”– y cuando la producción resulta más rentable, en horas punta de consumo.
Beatriz Crisóstomo, del departamento de Innovación de Iberdrola, centro su presentación en el coche eléctrico. “Ahora hay 900 millones de coches en el mundo, en 2030 habrá el doble. Y ya suponen un 30% de las emisiones de CO2, así que el vehículo eléctrico podría solventar numerosos problemas”. Según Crisóstomo, “con el actual mix energético un coche eléctrico emite 3 kg de CO2 a los 100 km en lugar de los 16 que emiten los coches con derivados del petróleo. A lo que habría que añadir la reducción de ruido y contaminantes”.
También se hablo de la recarga de los coches eléctricos. “Para no distorsionar las curvas de demanda convendría que la carga se hiciera de forma lenta y por la noche, en lugar de apostar masivamente por las cargas rápidas. Y eso se podría lograr con señales de precio”. Crisóstomo considera “muy importante que los puntos de recarga se estandaricen en toda Europa para poder moverse con el coche por los distintos países”.
Los puntos de recarga sirvieron para cerrar con una broma sobre la irrefrenable pasión que los españoles tenemos de abrir zanjas a los dos días de haberlas cerrado. “Por favor, si pensáis instalar puntos de recarga en el parking de la calle Serrano –apuntó Peter Sweatman– hacedlo ahora que están en obras”.
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